El coste de la transparencia. De Chernobil a Wuhan y el MWC

Uno que no deja de ser un poco friki, asiste con cierta curiosidad a los hechos que rodean la crisis del coronavirus. La parte friki, a parte de la estadística y de cómo los gobiernos usan la cosa digital para explicar (unos mejor, otros peor), está con la coincidencia de las narrativas. Unos meses antes de esta crisis, la serie Chernobil, de Sky TV y HBO tenía un enorme éxito. Curiosamente, pese a que han pasado más de 30 años entre una crisis y otra, hay paralelismos (no todos malos) que afectan al gobierno abierto en dos sociedades muy diferentes. En realidad, nos habla del coste de la transparencia: no sólo de lo que puede costar, o de lo que supone no ejercitarlo, sino del coste que están dispuestas a asumir los gobiernos con ellos… y también la ciudadanía.

Cuadro de La Peste en Ashdod de Nicholas Poussin, que ilustra este artículo sobre el coste de la transparencia
Estimación de algún amigo mío de cómo sería el MWC de Barcelona. Fuente

El paralelismo de la acción gubernamental en Wuhan y Chernobil.

Actua como si nada.

Lo primero que hay que decir es que, lamentablemente, entre ambos casos encontramos una coincidencia enorme. Tanto en Wuhan como en Chernobil la reacción de los gobiernos (o, mejor dicho, de las primeras personas en contacto con el problema) fue… humana. Tanto en un caso como otro (según parece tanto por la serie, como en esta noticia dela BBC), se recurrió al humanísimo acto de negar con todas las fuerzas el problema.

Realmente, no creo que haya tanta intención de engañar como de negar (como en el ciclo del duelo) una realidad que, de ser cierta es terrible. A mi me pasa: cuando pasa algo que no me gusta y de cierto alcance, mi primer instinto es negarlo, esperando que la magia lo resuelva (lo que es lógico sabiendo las consecuencias, ya que parece que han sido purgados los responsables)

Pues bien, aquí tenemos la primera cuestión: los gobiernos callaron el problema minimizando el impacto. Podríamos decir que es porque no son democracias liberales occidentales, pero, por ejemplo, recuerdo cuando en Francia la nube radiactiva de Chernobil desapareció en la frontera con Alemania. Esto supuso, además, el sufrimiento de las personas que advirtieron de esta gravedad. No es por compararme, que la trascendencia de un consultor es mínima en el esquema de las cosas, pero decirle a la gente lo que no le gusta oir no suele hacerte el más popular del mundo.

El compromiso enorme por lo que es importante.

Sin embargo, no es justo decir que ni la extinta URSS ni la China actual hayan escurrido el bulto. El coste de Chernobil (de arreglar todo lo que supuso) fue enorme: mover a miles de personas de sus casas, movilizar al ejército para limpiar todo, aislar el reactor… costaron una fortuna que posiblemente influyó en el colapso de la URSS.

China no ha hecho menos: prácticamente ha paralizado, primero una región y luego un país. Parar un país como China es algo que directamente no me entra en la cabeza conceptualmente. No hablo sólo de no abrir establecimientos, estoy hablando de cerrar prácticamente la fábrica del mundo durante varios días, además de ir casi domicilio por domicilio chequeando personas. El coste, tanto del dispositivo, como el de oportunidad de cerrarlo todo es enorme, como ha reconocido la OMS.

Es decir, ninguno de los dos países ha escatimado en lo que ha considerado importante. Los sistemas políticos (el de la URSS y el de China) facilitan ejecutar medidas de control sobre la población civil, pero eso no minimiza el coste real de todo ello: son gobiernos que han hecho lo necesario, cueste lo que cueste por lo que es importante. Esto da que pensar que, cuando no han sido transparentes o abiertos, es que no lo han considerado tan importante.

Reflexiones sobre el coste de la transparencia.

La transparencia forma parte de la realidad.

Creo que una parte importante de todo esto es, precisamente, asumir que para los gobiernos la transparencia y la claridad a la hora de hablar con la ciudadanía no es importante. O mejor dicho, solo es importante si no te queda más remedio que ser transparente (cuando el problema es lo bastante hermoso como para ocultarlo bajo la alfombra).

Si hay un problema de asumir a la hora de asumir el coste de la transparencia este podría deberse a dos cuestiones: por un lado, porque no ser transparente no tiene un coste muy alto. Por el otro, es que, si la situación es tan mala como lo que fue Chernobil, posiblemente la falta de transparencia sea más un agravante que un una falta en si misma (aunque sabemos que, de hecho, cuesta vidas reales).

Pero ser transparente tambien supone costes

Ahora bien, ser transparente puede suponer costes importantes. En primer lugar hay un coste de “riesgo”, por así decirlo. Los oficiales de Chernobil o de Wuhan, en caso de que la situación no fuera grave, habrían salido beneficiados por la falta de transparencia ante esa alarma. Esto puede parecer reprobable, pero muy posiblemente, como pasa con el comisario político del principio de Chernobil, y posiblemente algunos de los oficiales chinos, calibrar el tamaño de algo “nuevo” (y las posibilidades de que sea real) es complicado. En ese caso, arriesgarse a “mantener la calma” (por no decir callar) compensa más que el de decir lo que pasa… porque si pasa algo, posiblemente, como decíamos, sería lo bastante grave como para que esto sea secundario.

Esto puede parecer ventajista, pero la realidad nos ha mostrado que el riesgo de ser considerado alarmista es grande y puede suponer, a medio plazo un descrédito que haga que cualquier intento de transparencia real caiga en saco roto. Pensemos en la crisis de la gripe aviar: la OMS lanza una alerta mundial (porque posiblemente sea su trabajo), el número de muertes no es ni mucho menos grande y la gente se mueve entre el enfado y la burla.

El limite del beneficio de la transparencia.

Si esto fuera poco, hay un condicionante más. La transparencia, en si misma, tiene un alcance limitado, especialmente cuando hablamos de aspectos emocionales y sensibles. En Canadá, pese a la insistencia de las instituciones advirtiendo de la inutilidad ( e incluso riesgo de aumentar otros contagios) del uso de mascarillas, estas se ven con cierta frecuencia.

En España, pese a que el ministerio de Sanidad dice que no hay un riesgo de propagación del virus en el Mobile Word Congress, no sólo es que muchos operadores hayan decidido no acudir, es que hay personas que han exigido su cancelación “por si acaso” como finalmente ha sucedido. ¿Sirve de algo que tengamos un mapa de la evolución (que muestra una clara remisión) de la Universidad John Hopkins? Posiblemente, solo hasta cierto punto.

¿Por qué? Me temo que porque somos humanos, somos complejos, y las reacciones a problemas así, no son sencillas, especialmente cuando llegamos al miedo y a la confianza: dos elementos altamente emocionales.

Conclusiones

¿Llega esto a una solución? Pues la verdad es que no… solo puedo hacer una breve recapitulación.

  • Ser no transparente es casi instintivo en términos de supervivencia. Hay que hacer un esfuerzo, o temer una sanción mayor por no serlo, para anteponer el deber a la supervivencia que ofrece callar y esperar que no sea grave.
  • Esto es así porque la transparencia no es tanto una política en si misma como un mecanismo. Siempre que pasa algo por falta de transparencia, lo realmente preocupante son los efectos de lo que ha pasado, no de esa falta de transparencia.
  • Ser transparente supone una serie de riesgos y costes de oportunidad, especialmente en situaciones en las que el riesgo de no ser transparente no se evalua de manera sencilla.
  • La transparencia supone, además, un posible coste de descrédito en los casos en los que haya un desajuste entre el mensaje y el alcance final de la situación. Esto es especialmente posible en los casos protocolizados, como las alertas sanitarias.
  • Incluso en la situación de que haya transparencia, el beneficio de esta se ve limitado por aspectos de desafección institucional y, sobre todo, aspectos emocionales en los que la racionalidad pasa a ser secundaria.

Es decir: ser transparente es difícil porque somos humanos. Esto no significa que haya que enterrarla, solo que hay que aprender a vivir en este entorno asumiendo que la transparencia y la honestidad es una obligación, y que, como tal, no se puede juzgar, tampoco, la supuesta sobrerreacción. También debemos asumir que, por muy transparentes que seamos, ante determinadas personas y determinados temas, no nos va a servir de gran cosa. Para esto, necesitaremos buscar otras vías.

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