La Libertad guiando al pueblo de Delacroix.
El impacto social liderando el diseño de productos digitales. Atrás se aprecia al desarrollador, al responsable legal, el de la organización, y el chaval es un millenial. Fuente

Hace un par de semanas tuve la suerte de organizar con Daniel Torres Burriel un taller sobre portales de Transparencia. Esta actividad tenía lugar en una colaboración entre Gigapp y Transparencia Internacional y contó con gente que creo que ha hecho cosas muy buenas para hacer administraciones más transparentes. Borja Colón de Carvajal de la Diputación de Castellón, Victoria Andérica, del Ayuntamiento de Madrid, Carlos García Balmisa de la CNMC, Marta de Miguel de la Universidad de Zaragoza y Sergio Estella de Vizzuality, contaron sus experiencias y aprendizajes en hacer administraciones más abiertas a la ciudadanía desde un punto de vista práctico.

En mi primera intervención partía sobre un tema que no me he hecho nunca: cuándo un portal de Transparencia es bueno. Me llevó un buen rato de reflexión, pero creo que tengo, si no una respuesta, una idea clara de en qué nos tenemos que fijar. Y ahora os voy a contar mi idea de cuándo un portal público es bueno.

Los tres niveles de un buen portal de público.

Partamos de una idea clara. Un portal tiene una naturaleza instrumental clara. Sirve para hacer algo. La naturaleza pública añade un pie adicional, que es la parte legal. Gran parte de los portales públicos tienen una finalidad normativa en si mismos. Los portales de transparencia, las sedes electrónicas, o los perfiles del contratante cumplen ese cometido. Hay, finalmente, un tercer nivel que afecta a todo producto relacional, que es la utilidad real que supone a su público. No me refiero tanto a que lo que haga sea útil, sino a que la gente lo utilice.

En el caso público, esta relacionalidad tiene un punto más allá, y es el valor de cambio en la sociedad. Por ejemplo, una sede electrónica no aspira exclusivamente a que la gente la use, sino a cambiar la manera de funcionar de la administración. Si nos ponemos pedantillos, podemos decir que hay una naturaleza teleológica del portal público que busca un impacto en la sociedad. Así que un portal tendrá una “calidad” diferente en función de todos y cada uno de estos elementos.

La eficacia del portal público.

La primera cuestión es que el portal funcione. Puede parecer una obviedad, pero no es algo tan sencillo como parece. En cuanto a que un portal funcione tenemos que distinguir entre que haga algo, y que lo que hace sea lo que supuestamente debería ser.

El matiz entre que algo funcione y que haga lo que tiene que hacer

Pongamos un ejemplo. Una sede electrónica puede estar objetivamente en pie. Esto ya es un grado que, a veces (no en el caso de las sedes) no se da. Pero claro, una cosa es que entres en la web y no se caiga y otra cosa es que en ella puedas hacer cosas. Conozco muchas webs que no ofrecen servicios que deberían estar ofreciendo. Es decir, el segundo nivel de esa utilidad es que lo que se supone que debe de hacer (tecnológicamente), se haga. En el caso de una sede electrónica, sería que se pudiera tramitar.

El tercer nivel, dentro de esta categoría, sería que lo que se supone que está haciendo realmente se haga. Es decir, que cuando tu le das a tramitar, efectivamente lo haga. Si tenéis un mac o algo con Linux y os habéis encontrado con Autofirma sabéis de que estamos hablando ¿verdad?

Pues bien, un portal es eficaz cuando hace lo que tiene que hacer. Sin poner un número, si la mayoría de las veces (o un número razonable de ellas) los usuarios pueden lograr lo que tiene que hacer.

La utilidad del portal público.

Un segundo nivel de trabajo es, precisamente, que esa “eficacia” permita cumplir al menos la utilidad instrumental para su “propietario”. No digo su “propietario” filosófico, sino su propietario más terrenal. La persona o institución a la que, supuestamente si no funciona, le podría generar un problema de responsabilidad.

Pues bien, aquí entramos con el segundo bloque: un portal público es útil cuando hace que la organización pública propietaria cumpla con su deber.

Aquí nos metemos otra vez con diferentes niveles. En primer lugar, hay una utilidad legal. Como mínimo, el portal debe cumplir las obligaciones normativas que tiene una Administración Pública. Un portal de transparencia será mínimamente útil si cumple con las especificaciones legales que tiene que cumplir (publicar y acceder a determinada información de determinada manera).

Podríais decir, lógicamente, que:

  1. Un portal que es “eficaz” hace esto. Si creeis esto, os puedo mandar datos de muchas webs públicas que funcionan, pero no hacen lo que legalmente debe hacer, aunque si hacen lo que se proponen.
  2. Que va antes este cometido legal que el técnico. En este caso no puedo hacer más que remitirme al trauma de la prórroga de la Ley 39. Que la ley diga y que las instituciones hagan son cosas muy diferentes.

El cambio organizativo más allá de la norma: tecnología activa

Adicionalmente, esta “utilidad” pública tiene un punto añadido, que es el efecto interno en la organización. Es decir, no sólo cumple la ley, sino que la organización ha cambiado su manera de trabajar a partir de ese portal. Este es el caso de muchos portales de transparencia. En algunos casos el portal está, pero la institución no ha cambiado nada internamente. Sin embargo, un portal puede cambiar de manera efectiva la manera de trabajar, como es el caso de la contratación. El portal, con la ley y con las herramientas ha hecho que, de manera efectiva, las instituciones hagan gran parte del proceso de licitación en público.

En este caso, si el portal es eficaz, cumple la norma y, además, la organización pública cambia, es un portal “útil”.

La efectividad de un portal público.

Y nos vamos al último apartado, que sería que el portal genere los efectos que tiene que tener en la sociedad. Esto sería un portal “efectivo” (no me mata la palabra, pero no se me ocurre nada mejor sin sonar chorra). Aquí venimos a encontrarnos con dos niveles de cambio.

Que el portal se utilice por la ciudadanía. Puedes llegar al punto en el que la ciudadanía, o una parte de ella utiliza el portal para su finalidad. Consulta información, se presenta a licitaciones, solicita padrones, etc. Este nivel, que para mi es el básico para hablar de un portal público, no siempre se da. Hay muchos portales que no tienen uso, bien sea por cuestiones técnicas, por cuestiones de la organización, o simplemente, porque se dejan aparcados.

Hay muchos proyectos muy eficaces y útiles que quedan arrinconados por cuestiones de comunicación o visibilidad. Pues bien, si el portal se usa por su público objetivo (o una parte de este), podemos decir que es, hasta cierto punto, efectivo. En ese sentido hay portales en los que es muy difícil saber dónde está esa barrera. Uno sabe que todos los contratos se tramitan por una portal de contratación, pero ¿cuál es la población objetiva de un portal de participación o de transparencia? En mi opinión, hay una manera más o menos factible de calcularlo, pero es un esfuerzo que no se suele hacer, lo que acaba dando lugar a enormes (e infructuosos) debates.

Más allá del éxito, el impacto

Si vamos más allá, nos encontramos con el último nivel y es que el portal cambie la sociedad. Por ejemplo, en términos privados, twitter, google Maps o whatsapp, han cambiado nuestra sociedad. Pues bien, en el sector público, precisamente por esa naturaleza pública, debemos a aspirar a cambios similares. Es decir, si conseguimos que, a través de un portal de transparencia que la gente se preocupe de la acción pública y pregunte, será un portal efectivo. Un ejemplo más mundano es, por ejemplo, el buzón del ciudadano de Vitoria Gasteiz. Es un servicio que no solo funciona, sino que ha cambiado la manera de relacionarse de gran parte de la ciudadanía con la administración y hacia ella. Es un portal que ha hecho lo que tenía que hacer.

Representación gráfica como una relación lineal entre la funcionalidad real (eje x) y el impacto del portal (eje y). Los primeros estados (disponible y funcional) culminan con el portal eficaz. En el segundo nivel tenemos un portal legal y útil. El último bloque tiene el portal exitoso y el buen portal público
La evolución “ideal” de un portal público. Elaboración propia

Entonces un portal público bueno es….

Pues para mi un portal público bueno es un portal que llega a este último nivel. Esto no significa que un portal que no llegue ahí no sea bueno. Los productos tecnológicos (y un portal público lo es) tienen un ciclo de vida más o menos directo. Hay veces que simplemente nacen y no crecen, y los hay que tardan en crecer. Sin embargo, un portal público bueno tiene que aspirar necesariamente a ese último escalón. A veces se puede lograr un impacto grande (pensemos, por ejemplo, los portales sanitarios para las citas médicas) y otras veces no tanto. Sin embargo, al igual que cuando todo era calidad, la excelencia era más un horizonte que una mesa real, en los portales debemos tener el mismo espíritu. Apuntar a esa efectividad es el cometido real de cualquier portal público. Todo lo demás, no dejan de ser cosas que pueden funcionar, pero que no alcanzan su finalidad: liderar el cambio en la sociedad.

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