Youtuber recibido en un congreso cualquiera. Fuente

Gerardo Bustos Pretel es paisano mío de Granada. Además de eso, que no es poco, es periodista y funcionario del Ministerio de Hacieda donde coincide que es Subdirector general de Información, Documentación y Publicaciones, que tampoco s poca cosa. Además es bloguero y ha coordinado una obra casi enciclopédica sobre la Gestión del documento electrónico. Para qué más.

Las revoluciones generan siempre una nueva élite, se llame aristocracia, alta burguesía o nomenklatura. Cada sector, cada gremio, cada medio genera también sus famosos y dominantes. En la medida en que Internet ha supuesto una revolución igualitaria en la comunicación, ha generado también nuevas élites a diferentes niveles, como los influencers, por ejemplo. Lo que ocurre es que el primer símbolo de ese elitismo es la visibilidad, y eso genera fácilmente inflamación del ombligo y subida del ego.

Te he  visto en la tele, o la eclosión del capullo

 Recuerdo al profesor de Medios Audiovisuales en la Facultad de Ciencias de la Información hablándonos de lo que él denominaba “síndrome de la cámara”. Un síndrome muy sensible, capaz de aflorar con sólo unos segundos de gloria en pantalla.  Bastaba con que una gripe bien posicionada causara estragos concentrados, generando la necesidad de tirar de cualquier empleado para todo tipo de tareas. Y entonces, a veces, se producía el milagro para que una brevísima sustitución en pantalla, de un minuto de locutor de continuidad, por ejemplo, hiciera aflorar un nuevo pedestal. Dos vecinos pronunciando ese conjuro mágico de “te he visto en la tele” hacían el resto. A partir de ahí se construía un irremediable antes y después del personaje; sobre todo en su interior. El capullo que todos llevamos dentro había eclosionado.

Este magnífico mundo de la blogosfera, las redes sociales y en general lo que rodea y deriva de internet, son medios potentes, de enorme visibilidad. Ay, madre, la visibilidad y el móvil; una bomba. Imaginemos, por imaginar algo, que el móvil es una tele de bolsillo pegada a nuestro cuerpo como un antiguo reloj de pulsera y que nos permite no sólo recibir imágenes y contenidos, sino emitirlos en cualquier momento al universo entero. Con el problema añadido de que no estamos entrenados, porque estamos hablando de fenómenos muy recientes. A la mayor parte de los ciudadanos de hoy las fuerzas cibernéticas nos han llegado en un momento más o menos avanzado de nuestra vida.

Cuando las neuronas digieren mal la fama

 Todo esto ha generado y sigue generando profundos cambios en la manera de funcionar, trabajar, relacionarnos,vivir el día a día, etc. Es lógico pensar que con este gran cambio de paradigma, las neuronas no podían irse de rositas; al menos no en todos los casos. Pues bien, uno de los males que yo percibo es ese síndrome de la cámara que antes comentaba. No es más que la mala digestión de un repentino salto a la fama cibernética.

Veamos algunos de los síntomas más frecuentes.

Despertarse famoso

Lo cierto es que las redes, los  blogs, Youtube, etc. son medios capaces de generar famosos, famosillos,famosetes, famosoides, en tiempo realmente rápidos. Es por eso que muy a menudo sucede aquello que dijo Lord Byron tras publicar con éxito rotundo los dos primeros cantos de “Childe Harold”: “Desperté una mañana y me encontré famoso”.

El problema de la fama lograda de la noche a la mañana es su gestión; muy complicada. Generalmente no ha habido un camino de preparación. Todos vivimos nuestro personaje, generalmente construido a lo largo de nuestros años vividos. Y lo que suele ocurrir con la aparición brusca de la fama, es un cambio igualmente brusco de nuestro personaje. El sujeto considera que es otro, decostruye su personaje, lo remodela el y vuela al pedestal. A partir de ese momento, se apalanca y empieza a mirarnos desde allá arriba. Pocas veces la persona logra una transformación tan rápida y profunda, como cuando la genera la fama.

La picadura del mosquito

La vanidad es como un mosquito: pica a la primera ocasión que tiene. A partir de ahí tenemos a un personaje arrogante y soberbio; un engreído que ha cambiado de galaxia.

En la Antigua Roma lo sabían bien. Las grandes victorias se celebraban con “el triunfo“. Era una ceremonia que se le brindaba al general victorioso. Consistía básicamente en recorrer, bañado en una hemorragia de vítores, el largo camino entre el Campo de Marte y el Monte Capitolino.  Para vacunar la tentación de orgullo, un esclavo caminaba tras el homenajeado sujetando una corona de laurel sobre su cabeza, mientras repetía la frase “memento mori”; es decir, “recuerda que morirás”.  Tertuliano completa la frase del esclavo: “¡Respice post te! Hominem te esse memento!”; es decir: “¡Mira tras de ti! Recuerda que eres un hombre”.

En definitiva, lo que viene a decir el esclavo es “recuerda que eres humano”. Eso mismo habría que recordarle a quienes la gloria de las redes sociales los convierte en seres vanidosos, orgullosos y altamente engreídos. Y como consecuencia de ello, distantes, muy distantes.

Ay, los palmeros

Si lo que necesita un personaje“cibervanidoso” es un alma caritativa que le recuerdo que es una persona normal, generalmente lo que tiene a mano es lo contrario. Los palmeros en las redes sociales son el principal nutriente de vanidad del engreído. Le acompañan siempre, le ríen la gracia y le dicen lo maravillosa que es su última publicación. Y ya se sabe lo difícil que resulta escapar de la autocomplacencia del halago fácil, abonado por el exceso de endogamia en las redes.

Hay que tener en cuenta que las redes sociales son bastante endogámicas, en contra de lo que pudiera parecer. Aunque la visibilidad es universal, la relación más estrecha, frecuente y directa se da en entornos coincidentes relativamente reducidos, donde abunda el tú me das yo te doy. En esa dinámica, la mirada del famoso vale muchísimo más. Un “me gusta” del famoso equivale a un elevado número de frases elogiosas del aspirante.

Yo y mi plural mayestático

Hay diferentes maneras de usar el plural al escribir. Fíjate bien en los post, porque son muy significativos.Como las setas, en el uso del plural hay que tener cuidado, porque resulta fácil confundir las buenas con las malas. Personalmente creo que lo mejor es ser sinceros y asumir los escritos en primera persona, pero a veces se puede entender determinados usos del plural. Veamos una pequeña excursión por algunos casos de uso:

  • Plural sociativo. En plena conversación subes a todos al carro y le comentas al resto de la audiencia algo así como “¿qué tal estamos?
  • Plural de modestia. Pretende sortear la posible presunción del singular y la primera persona. Imaginemos al autor que escribe algo del tipo: “tal como apuntamos al comienzo de este post…” Lo ha apuntado él solito, pero escuda su timidez o su modestia detrás de ese plural. En fin…
  • Plural mayestático. Aquí tenemos el plural más traicionero. Aparentemente todos lo rechazan, pero se cuela en los vídeos y escritos. Es un uso antiguo del lenguaje, para expresar la autoridad de emperadores, reyes, papas, etc. Y yo me atrevería a corregir a la RAE y añadiría después de papas: “…y en determinados casos, a blogueros de pro”.

Hay famosos como Fernando Alonso que hablan en plural. Cuando explica su carrera y dice algo así como “hemos actuado bien en la curva…” Te imaginas que se refiere al coche y a él. Pero cuando dice “hemos recogido el premio…” enseguida piensas, “pero si estaba solo”. Terminas convencido de que se lo ha comido, pero realmente quería decir “(nos) hemos recogido el premio”.

 Pues bien, hay blogueros que se sienten Fernando Alonso, o papas, según se mire. Leyendo los textos o viéndoles las grabaciones se nota rápidamente que es un plural mayestático como una catedral. El engreimiento se le ha agarrado a la lengua como una lapa, y han cambiado el “yo hago” por el “(nos) hacemos”, aunque el “nos” vaya con tinta invisible.

 Cuando veo un caso así siempre me entran ganas de hacer dos pruebas muy sencillitas. Una es preguntarle “cómo te llamas”. Si me contesta “(nos) nos llamamos Manolo”, entonces está claro. La otra es pedirle que me enseñe una carta o correo electrónico a su madre. A ver si le dice algo así como “mamá, (nos) estamos muy contentos, hemos escrito un artículo interesantísimo”.  Imagine el lector a esa pobre madre pensando cuántos hijos tiene realmente.

Llámale Eróstrato

Eróstrato tenía la intención de lograr la fama a cualquier precio y no dudó en incendiar el templo de Ártemis para llamar la atención. Eso ha tenido eco moderno, y se llama erostratismo a la manía de cometer delitos para lograr renombre.

Sin llegar a esos extremos, lo que sí nos encontramos en las redes es lo que los psicólogos llaman complejo de Eróstrato, el trastorno según el cual una persona busca sobresalir, distinguirse, ser el centro de atención. No quiere eso decir que sea negativo buscar la originalidad y la innovación, virtudes maravillosas que no todo el mundo tiene. El problema arranca cuando se rebasa esa línea.

La capacidad de poder e influencia que otorgan los blogs y las redes sociales deriva de la visibilidad, como efecto de la comunicación. Y ya se sabe que en comunicación hay que montarla cada vez más gorda para lograr llamar la atención. Este fenómeno nos ayuda a entender a esos famosos de red y blog cuya notoriedad le parece insuficiente y sienten la necesidad de llamar la atención periódicamente, con actuaciones e iniciativas que se salen de lo normal. Vamos, algo que obligue a todo el mundo a hablar de ellos.

Rastreadores de premios

Los premios son buenos; claro que sí. Motivan a los buenos comunicadores de redes y blogs. El problema aparece cuando en su búsqueda por la notoriedad el sujeto en cuestión se obsesiona con el rastreo, persecución y búsqueda de premios.  Si algún premio denota un reconocimiento generalmente merecido, una colección de premios sólo denotan una obsesión, cuyo grado crece a medida que la colección engorda.

 Generalmente en todas las ediciones de Novagob recibimos solicitudes de votos por parte de los candidatos a premios, y siempre se lo prometo al primero que me lo pide. En una de esas ocasiones en que me pidieron el voto, cuando fui a votar descubrí el nombre de una persona admirable, a la que me hubiera gustado darle el voto; pero no pude por haberlo comprometido antes. Rápidamente le escribí un mensaje diciéndole:“¿Cómo no me has dicho que te presentabas? Tú te lo mereces más que los demás y te habría votado”. Y me respondió: “no pido el voto, porque me da vergüenza, pero con eso que me dices ya tengo bastante recompensa”. Saque cada cual su propia moraleja.

Hacen daño

 Cuidado con el daño que hacen los influyentes (o “influenciadores”, como traduce Google “influencers”). Porque al fin y al cabo, son modelos, personas con credibilidad e incluso movilizadores de pasiones.

 No mucho antes de morir, en una rueda de prensa en la Real Escuela de Equitación de Turín,  Umberto Eco nos regaló algunas perlas referidas a estos medios: “Las redes sociales han generado una invasión de imbéciles que le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que antes hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel”. Y lo completó con aquello de que el drama de internet deriva del hecho de que “ha promovido al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad”.

No comparto el criterio de Umberto Eco sobre Internet, pero es evidente que, sin llegar a esa opinión tan radical, hay que tener en cuenta que la actitud y escritos de muchos “influencers” o famosos de redes en distinto grado, pueden causar graves perjuicios por la razón que apuntaba antes en cuanto a movilizadores de pasiones. 

Todos los paisajes son iguales

Uno de los síntomas más claros y fácilmente perceptibles del síndrome de la cámara es la sorprendente uniformidad de todos los paisajes, congresos y eventos que presenta el famoso; todo lo que le rodea es como un calco de lo visto el día anterior.

¿Sabes por qué? Sencillamente, porque en el primer plano de la fotografía o el vídeo siempre está el sujeto en cuestión. Es decir, siempre verás la misma cara o el mismo cuerpo y, con suerte, por alguna rendijita, podrás intuir el paisaje o el acto hipotéticamente protagonista. Generalmente nos fotografiamos en con un buen paisaje o monumento a la espalda, porque consideramos que eso enriquece nuestra foto. Para el engreído la cosa cambia: está convencido de que es él quien aporta puntos al paisaje y al monumento.

Eso sí, siempre con el consuelo de la descripción que suelen hacer estas personas, a modo de la accesibilidad que viene en apoyo de quienes tienen problemas de visión o audición.

Haciendo recuento

La fama y el número de seguidores son lo más parecido a la pescadilla que se muerde la cola. A más fama, más seguidores; pero a más seguidores, más fama. Por eso para estos personajes con frecuencia el recuento de seguidores es otra de sus obsesiones. Lo miran y remiran una y otra vez, como aquel personaje del cuento de Dickens contaba las monedas sin parar.

 Hay redes como Twitter, en las que el número de seguidores sube y baja, aunque generalmente en tramos largos el balance de ese movimiento es positivo. Por eso, si miras los seguidores de tarde en tarde, siempre hay crecimiento. En cambio, estos personajes consultan continuamente el número de seguidores, con una obsesiva preocupación por el crecimiento continuo, así es que no se ahorran el sufrimiento de los tramos bajos. Tal es su desesperación, que siente el deseo de escribirles a esos ingratos que dejan de seguirle gritándoles “eh, volved; no os vayáis”.

El ataque de ego.

El ego subido coloca al famoso en una posición mental que le lleva a buscar continuamente y en todo lo que piensa, actúa y comunica el reconocimiento y admiración de los seguidores. Está preocupado por la visión que proyecta y lo que piensan de él, y esa obsesión lo que realmente genera es un alejamiento.

Según el dicho, ya se sabe que la fama huye de quien la persigue y persigue a quien la huye. Aunque se logre la fama buscada, esa obsesión por asegurarla y acrecentarla, a lo que realmente conduce es a la pérdida de crédito ante muchos seguidores que advierten esa obsesión por tener fama e influencia.

La cura está en la humildad

Contra el síndrome de la cámara sólo se me ocurre un remedio: una dosis adecuada de humildad. No es fácil. Como apunta en “El visitador del pobre” Concepción Arenal, “para nada se necesita más fuerza que para ser humilde”. Pero hay que esforzarse en ello, antes de que el ego y la vanidad aten al famosete al palo del pedestal que tanto aleja del mundo.

 Como dice Xavier Marcet, referido a los directivos humildes: “A lo largo de mi vida profesional de quien más he aprendidos es de los directivos humildes. Gente que combina visión, pasión, exigencia y humildad”.  Aplíquese el cuento a los “influencers”. Los famosos que más admiración generan son precisamente los que no pierden la humildad. Sin duda se trata de personas sencillas en su carrera profesional, porque la humildad sólo se da con carácter natural.  

No es mala idea abordar el remedio de la humildad leyendo el artículo de Xavier Marcet titulado “La victoria de los directivos humildes”.

Los parecidos son pura coincidencia

Por si las moscas, ya advierto que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, y cualquier parecido con alguien que conozcas es mala suerte.

Espero que no se ponga el lector a sacar conclusiones ligeras a la primera de cambio. En el síndrome de la cámara, como en el lenguaje de gestos, no basta con un síntoma. Si se encuentra una coincidencia, no es suficiente para empezar a etiquetar a nadie. Sigue observando y no des por encontrado a un famoso obsesivo hasta que no reúna, como mínimo, tres síntomas claros.

Y, por supuesto, si conoces o encuentras otros síntomas que no haya descrito en estos párrafos, por favor añádelos tú. A todos nos viene bien conocerlos.

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